Mientras conversaban acerca de estas y otras cosas, llegó la tía,
sonriente y pronta para ir a casa.
—Hola, Olguita.
—¿Qué tal, Mario? ¿Cómo andás? Aquí me ves, tomándome el día
libre con la sobrina—, le respondió la orgullosa tía.
—¿Es por eso que no fuiste a trabajar a la tienda? ¿Te dan
el día libre por donar sangre?—, preguntó Catalina, asombrada.
—Es una ley para los empleados públicos. Es derecho de los trabajadores
que donan sangre tener el día libre. No solo para estar tranquilos y disponer
de tiempo para ir al Banco de Sangre, sino porque el cuerpo necesita estar tranquilo
y sin esfuerzo por ese tiempo, así como tomar líquidos abundantes, ingerir las cuatro
comidas y no hacer esfuerzo excesivo… —, explicó Mario, experiente como médico y
amigo.
—Y aunque es para empleados públicos, la patrona de la Tienda pone su grano de arena y me da el día libre. No hay caso, ¡cuando la gente quiere ayudar, se puede!, ¿no?— dijo Olga y agregó en tono desafiante: —Así que… ¡a casita a reponernos jugando a las cartas toda la tarde!.
—Y a vos, Felipe, te toca cocinar. Lo del día libre va en serio…
El tío se rascaba la cabeza pensando qué podría cocinar para agasajar a la heroína de la casa y a la sobrina.
FIN