Impactos ambientales
Cuando el Mar de Aral empezó a secarse, comenzaron los problemas:
Con la reducción del lago, las sales y minerales se acumularon, el ecosistema comenzó a morir, cientos de especies de animales y plantas murieron, y el agua ya no se podía utilizar por parte de los humanos que allí vivían.
Las personas que trabajaban pescando ya no pudieron seguir pescando, debieron ir a otras partes del país. Quienes se quedaron, se enfermaron a causa de la sal, minerales y fertilizantes que volaban en forma de polvo junto con la arena.
Esto es solo un poco del inmenso daño que generó el mal uso del agua por parte de unos pocos.
La noticia de la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 tomó a muchos por sorpresa porque el poderoso bloque soviético- que tuvo su origen en la Revolución rusa de 1917- se mostraba robusto e infranqueable hacia el exterior.
Pero la burocracia y la represión ideológica fueron haciendo mella en esa gran nación que llegó a ocupar un sexto del territorio de todo el mundo.
Veamos:
Transcripción del audio del video
Para unos fue una gran sorpresa. Para otros, algo que se veía venir. Pero en lo que muchos están de acuerdo es que la disolución de la Unión Soviética marcó un hito en la historia del siglo XX. Pocos vaticinaron la veloz desintegración de uno de los países más influyentes tras la Segunda Guerra Mundial y que, en su máximo esplendor, llegó a ocupar un sexto del territorio de todo el mundo.
La llamada URSS pasó de disputarse el liderazgo mundial con EE.UU. a desmoronarse en un proceso del que resultaron 15 repúblicas independientes. Pero antes de entender su final, hay que explicar cómo llegó a conformarse un bloque tan poderoso.
A inicios del siglo XX, Rusia atravesaba hambre y pobreza, mientras Europa estaba sumida en la Primera Guerra Mundial. En 1917 estalla la Revolución rusa: los bolcheviques se rebelan y derrocan al zar Nicolás II, acabando con una monarquía de siglos. Tras una cruenta guerra civil, se imponen con el revolucionario marxista Vladímir Lenin como líder.
En 1922, un tratado entre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Transcaucasia —actual Georgia, Armenia y Azerbaiyán— dio origen a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Se trataba de un bloque comunista donde no existía la propiedad privada y el Estado controlaba todo. Tras una espectacular expansión, llegó a integrar 15 repúblicas: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Estonia, Georgia, Kazajistán, Kirguistán, Letonia, Lituania, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán.
El tamaño de la Unión Soviética era 2,5 veces más grande que Estados Unidos y 6 veces el de India. Además, tenía acceso y control de recursos naturales como gas y petróleo, que la convirtieron en una potencia energética.
Lenin fue el arquitecto de la URSS, pero su sucesor, Joseph Stalin, inició a finales de los años 20 un proceso de transformación que la consolidó como una potencia industrial y militar. Transformó el país agrícola en uno industrializado en sectores estratégicos como petróleo, siderurgia, química, minería, automotriz, aeroespacial, electrónica y telecomunicaciones. Sin embargo, también llevó a cabo una brutal represión que costó millones de vidas.
El fin de la Segunda Guerra Mundial hizo emerger a la URSS como una gran potencia. Con su decisivo poderío militar, se unió a Estados Unidos, Reino Unido y Francia para derrotar a los nazis y a Japón. Pero la alianza entre capitalismo y socialismo era insostenible. Tras la guerra, la URSS instaló su sistema en los territorios liberados de los nazis, lo que generó el rechazo de Occidente y dibujó la llamada “cortina de hierro”, dando inicio a la Guerra Fría.
Durante décadas, la URSS y Estados Unidos rivalizaron en casi todo: la carrera espacial, la economía, el deporte e incluso pusieron al mundo al borde de una guerra nuclear. Además, la influencia soviética se expandió a países europeos como Polonia, Hungría, Rumanía o la RDA, y más allá, en Cuba, Angola o Vietnam.
Pero hacia los años 80, la URSS mostraba signos de colapso. La economía estaba en crisis: desabastecimiento, baja productividad, alta mortalidad infantil y una esperanza de vida corta. El nivel de vida era muy bajo, pese a la imagen de potencia invencible que proyectaba al exterior.
En 1985 llega al poder Mijaíl Gorbachov. Su intención no era acabar con la URSS, sino modernizarla con su “perestroika” (reestructuración). Introdujo reformas económicas que acercaron al sistema soviético al capitalismo, permitiendo cierta libertad empresarial. También impulsó la “glasnost” (apertura), fomentando mayor libertad de expresión y democratización.
Estas reformas generaron tensiones internas: la élite comunista se resistía a perder poder, mientras gran parte de la población sufría por el fin de subsidios estatales. Sin embargo, la presión desde abajo se hizo sentir y un símbolo de este cambio fue la caída del Muro de Berlín en 1989, que aceleró las revueltas contra el dominio soviético.
En 1990, casi todas las repúblicas aprobaron declaraciones de soberanía nacional. En 1991, once repúblicas soviéticas se independizaron y el Partido Comunista fue disuelto. Finalmente, en diciembre de 1991, Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el Acuerdo de Belavezha, que puso fin a la URSS y dio origen a la Comunidad de Estados Independientes. Días después, Gorbachov renunció como presidente de la Unión Soviética.
Tras casi 70 años de existencia, surgieron 15 repúblicas independientes. Aún hoy, la sombra de la URSS permanece, con Rusia como heredera principal y gran actor en la política mundial. La disolución de la Unión Soviética significó el fin del mundo bipolar y el inicio de una era más multilateral.