
Para cumplir con los desafíos, debes escuchar o leer lo que Anabella nos contó.
Esta información te permitirá realizar las propuestas que encontrarás en este recorrido.
Transcripción del audio
Hola, mi nombre es Anabella. Mi infancia, adolescencia y también una parte de mi vida adulta las viví en Sosa Díaz, una zona rural ubicada cerca de Salinas, en el departamento de Canelones. Mis padres eran pequeños productores rurales que cultivaban boniatos, zapallitos, chauchas, zanahorias, repollo, tomates y alguna otra cosa.
Bueno, de niña jugaba mucho sola, ya que mis vecinos eran adultos y los niños que había eran mayores que yo. Además, eran mis primos, pero también tenían que trabajar, entonces no tenían tiempo de jugar conmigo.
Me inventaba todo tipo de historias y escenarios posibles. A veces era maestra, otras peluquera o empresaria. Armaba casas con los cajones que usaban mis padres para la cosecha, hacía muñecos de barro, pero también trabajaba junto a mi familia y colaboraba en los quehaceres domésticos, que a medida que iba creciendo eran más.
Bueno, amaba ir a la escuela porque era mi lugar de socialización. Era una escuela rural con doce alumnos y alumnas entre todas las clases, de primero a sexto, con una sola maestra. Iba y volvía en moto y, bueno, al volver a casa hacía los deberes, jugaba... No teníamos agua corriente, por lo que calentábamos agua en una caldera, luego la poníamos en un balde, la entibiábamos para bañarnos con una palangana.
De adolescente, ir a estudiar desde el campo ya fue un poco más complejo, porque el liceo quedaba a unos tres o cuatro kilómetros. A veces volvía en ómnibus cuando el turno era matutino; cuando era vespertino, mi madre me llevaba en la moto y yo volvía en ómnibus.
Si perdía ese ómnibus, me tenían que ir a buscar o tenía que volver caminando a veces, porque solo pasaba una línea de ómnibus cuatro veces al día. Si llovía demasiado, no podía ir a clases porque el arroyo que estaba cerca de mi casa crecía y no daba paso.
Era bastante complicada la vida social para una adolescente, además porque mis padres no podían ir y venir continuamente, por lo que pude asistir a muy pocos bailes. Ellos debían trabajar todo el día y a veces parte de la noche, ya que eran dueños del campo y no había empleados, solo éramos ellos, mi hermano hasta que fue adulto y yo, sin tractor ni maquinarias. ¡Nada! Solo una yunta de bueyes con el arado que solamente manejaba mi padre; no se lo daba a nadie más.
Trabajar y vivir en el campo y del campo no fue fácil para nada. Siempre dependíamos del clima: si llovía mucho, si había sequías, si hacía mucho calor o mucho frío. Todo eso incidía muchísimo en la buena o mala cosecha y, por lo tanto, también en la economía de la casa. Así hiciera mucho calor o mucho frío, feriados o domingos, no importaba, siempre había que estar trabajando. Yo ayudaba a mi padre a llevar una bomba de agua al arroyo más cercano para regar los cultivos. Implicaba también pasar horas carpiendo los surcos agachada, lo cual provocaba gran dolor en la cintura, y también agachada juntando las cosechas. Una vez pude comprarme un walkman y yo estaba re contenta porque podía escuchar radio o un casete mientras trabajaba, y eso hacía que el tiempo fuera más ameno, que pudiera llevarlo mejor.
Por último, si bien lo que conté sobre la vida infantil y adolescente en el campo parece que hubiera sido un tanto difícil (que lo fue), también es cierto que pasé momentos muy lindos. También es cierto que hoy, viendo con ojos de adulta, siento que me dio muchas herramientas de trabajo con la naturaleza, de contacto con la naturaleza, y eso me ayuda mucho en el día a día. Así que también, vivir en el campo tuvo sus cosas buenas.