La campaña oriental
A partir del primer reparto de tierras por parte del Capitán Pedro Millán, las primeras "suertes de estancia" fueron entregadas a las familias recién llegadas a Montevideo. A partir de allí, comienza un proceso económico y de asentamiento de familias en las afueras de la ciudad. A estos primeros vecinos se le sumarán aquellos que, sin tanta suerte, debieron asentarse en las afueras de la ciudad amurallada.
Este sistema de repartición de estancias y cabezas de ganado a las familias más influyentes devino en que la ganadería pasó a ser la actividad económica por excelencia en la campaña. De esta actividad se obtenía principalmente el cuero, pero también el sebo y la grasa.

Las estancias pasarán a ser, al decir de Reyes Abadie, "un centro económico social de vida autárquica, donde se ofrecía una posibilidad de trabajo; un lugar de refugio en un medio inseguro, donde se guardan armas y puede organizarse una hueste para la guerra, un núcleo generador de relaciones humanas...".
La campaña oriental quedará así conformada por una minoría de criollos y un gran número de indígenas, mulatos y mestizos que darán origen a una nueva forma de vida: "el gaucho".
Transcripción del audio del video
Hombre de campo, vagabundo, héroe, arrogante, justiciero, asesino, trabajador independiente, de todo se ha hecho sobre el gaucho. Pero veamos cómo evolucionó este ícono popular en los últimos 200 años.
En la época colonial, la percepción de los cronistas europeos era claramente negativa. Para ellos el gaucho era un ladrón de ganado y de mujeres siempre buscando pelea. La ganadería era esencialmente extensiva y había pocas oportunidades laborales. Por eso los gauchos eran nómades. Como no estaban vinculados a un patrón ni un espacio de tierra, los llamaban "hombres sueltos". Eran verdaderos parias sociales, que sobrevivían gracias a las changas que realizaban a cambio de salarios irrisorios. Se alimentaban del ganado que encontraban en el camino. Las vacas abundaban, pero había que ingeniárselas para atraparlas y matarlas a cuchillo limpio. Naturalmente tanta carnicería ambulante volvía a los gauchos un poquito violentos. Se reunían en pulperías para beber, tocar la guitarra y cantar. Algo así como un karaoke rural. Pero allí también apostaban. De hecho le atribuíamos una pasión compulsiva por el juego de naipes, como si fuera poco, timberos. Sin embargo, más de uno quedaba sorprendido con sus destrezas, como el célebre naturalista Charles Darwin. El padre de la teoría de la evolución visitó Uruguay en 1833 y afirmó que los gauchos tienen justa fama de ser perfectos jinetes y jamás se les puede ocurrir que el caballo les derribe haga lo que haga.
Marginales pero habilidosos, esta combinación los convirtió en perfecta carne de cañón para los diversos conflictos armados que se sucedieron a lo largo del siglo XIX. Estas características hacían del gaucho un verdadero dolor de cabeza para los estancieros, preocupados por tratar de imponer el orden en sus tierras. La supuesta vagancia de estos individuos se convirtió en una obsesión de las clases dominantes. Y es así que en 1826 se aprueba la ley que funda la Policía Nacional. De sus 69 artículos, 8 están destinados a combatir la vagancia.
Y con la llegada de la modernización, el campo dejó de ser territorio de nadie. Entre 1877 y 1882, más de la mitad de la tierra ganadera fue alambrada y las estancias se convirtieron en empresas. Este proceso terminó transformando al gaucho en un trabajador asalariado o si no en un desocupado. Así llegó el "disciplinamiento", que implicó un combate abierto contra los aspectos más chocantes del mundo gauchesco. Sin embargo, mientras que el gaucho alzado era acorralado, una parte de la élite intelectual comenzó a reivindicar su figura. Por ejemplo, la pintura de Juan Manuel Blanes, que mostraba una versión estilizada del gaucho en clave pacífica. Claro que las poses y las prendas impecables distaban mucho de la realidad de una población rural miserable.
A nivel literario, a partir de la década de 1880, la corriente gauchesca consolidó el imaginario sobre la épica y las costumbres criollas. Con obras como: Los tres gauchos orientales, del escritor Antonio Lusich, que fue un verdadero best-seller de la época.
Y por supuesto, el Martín Fierro del argentino José Hernández, considerada la obra cumbre del género.
Sin embargo, a través de estos libros, los sectores populares pudieron apropiarse de la figura del gaucho rebelde y perseguido.
El teatro criollo fue otro ejemplo en este sentido, ya que exaltaba la violencia y la desobediencia que tanto combatían las clases dominantes. A comienzos del siglo XX, gracias al arte, las tradiciones típicas del medio rural se convirtieron en símbolos para el conjunto de nuestra sociedad. De holgazán y ladrón, el gaucho pasó a ser prototipo de virtudes morales. La encarnación misma de la nacionalidad. ¡Qué cambio, no?
Extinto como sujeto, el gaucho revivía como objeto de estudio. Y también de culto, con la dedicación de obras como el Monumento al Gaucho, inaugurado en 1927 y declarado monumento histórico durante la dictadura. El régimen de facto también fomentó festivales folclóricos que exaltaban todo lo que estuviera vinculado a lo criollo.
La izquierda también hizo uso de este ícono construyendo una imagen idílica del gaucho alzado en el repertorio de cantautores populares como: Los Olimareños, Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa.
Así llegamos al presente con un gaucho convertido en figura nacional. Tenemos un Museo del gaucho, miles de uruguayos festejamos la Patria Gaucha en Tacuarembó y por supuesto, ¿quién no ha ido a la Rural del Prado? Y aunque el gaucho es ante todo una leyenda del imaginario popular, el mito tiene cuerda para rato. ¡Gracias!
Condición de las personas, lugares, sociedades, sistemas industriales o naciones que luchan por su autoabastecimiento e independencia.