La personalización y el “filtro burbuja”: los algoritmos de las redes sociales

¿Por qué cuando entramos a nuestras cuentas en redes sociales vemos primero algunos contenidos y no otros? ¿Por qué nos aparecen recomendaciones de noticias que nos interesan y de anuncios publicitarios que ofrecen justo lo que estamos buscando? El orden y la aparición de estas publicaciones no son casuales, y aquí nos encontramos con los cada vez más famosos algoritmos.
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Algoritmos y redes sociales

Pero ¿qué es un algoritmo? De manera simplificada, un algoritmo es una serie de instrucciones detalladas orientadas a resolver un problema o completar una tarea. Si bien escuchamos hablar de algoritmos cuando estudiamos matemáticas o programación, el término se volvió de uso generalizado con la integración de las redes sociales virtuales en nuestra vida cotidiana.

Para que las computadoras realicen una tarea concreta, los programadores les dan indicaciones a través de algoritmos, es decir, escriben una serie de reglas para que los dispositivos las apliquen y obtengan ciertos resultados de manera automática. En las redes sociales, esos resultados tienen que ver con mostrarnos contenidos que se ajusten a lo que es interpretado como nuestros intereses.

La huella digital

Para definir cuáles son nuestros intereses, los algoritmos toman los datos que les damos cada vez que ponemos “me gusta”, compartimos una publicación o miramos una película, por poner solo algunos ejemplos, y los convierten en criterios de selección o filtros. Y esto también ocurre cuando buscamos información en Google: si dos usuarios distintos buscan la misma palabra o expresión, los resultados que obtendrán serán diferentes, porque cada usuario verá aquellos que, según el algoritmo, son más interesantes o relevantes para él.

Así, los rastros de información que vamos dejando —nuestra huella digital— son recopilados por los algoritmos de las redes para ofrecernos una visión ajustada a nuestras preferencias. Esos datos que dejamos casi involuntariamente tienen que ver con nuestras afinidades, aspiraciones, orientación sexual, formación, aficiones ideología política, salud, gustos culinarios, poder adquisitivo, amistades, entre muchísimos otros aspectos.

Las empresas propietarias de las redes y plataformas saben qué hacemos, qué nos gusta, quiénes son nuestros amigos y nuestra familia, a quién votamos, en dónde trabajamos, etcétera. A partir de esta información construyen perfiles con objetivos fundamentalmente publicitarios y políticos, para que luego se nos muestren anuncios de productos y servicios que con seguridad nos interesan o necesitamos y se nos ofrezcan noticias o artículos alineados con nuestra orientación política.

El “filtro burbuja”

Aunque en principio puede resultarnos cómodo que alguien más seleccione y ordene los contenidos por nosotros, existen algunas alertas que diversos expertos han señalado.

Quizás la más preocupante se relaciona con lo que el ciberactivista Eli Pariser define como “filtro burbuja”. En su libro El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos (2011) explica que la personalización de la información en función de datos y criterios recopilados para tender a mostrarnos información alineada con lo que pensamos y sentimos nos lleva a encerrarnos en una “burbuja de opinión”, dentro de la cual funciona una especie de “verdad a medida”.

Aunque en general tendemos a elegir contenidos culturales e informativos que nos resultan afines, la particularidad del momento y las tecnologías actuales es que los discursos y contenidos que no coinciden con nuestros puntos de vista se nos vuelven invisibles. En otras palabras, tiende a desaparecer la posibilidad de elegirlos o no, porque simplemente no los vemos, y, como no los vemos, asumimos que no existen y que lo que percibimos es una mirada objetiva sobre el mundo.

El desconocimiento de posiciones distintas a la propia implica el riesgo de tender a pensar que lo que nosotros opinamos “es la verdad”, cuando sería más acertado considerar, al decir de Pariser, que la pantalla de nuestra computadora “es cada vez más una especie de espejo unidireccional” que nos refleja (Pariser, 2011) y nos aleja de otros puntos de vista.

Fuentes: